Los investigadores británicos saben
lo que los carniceros han sabido desde siempre,
que si quieres que a la gente no le incomode la visión
de un cuerpo sin vida, córtalo en pedazos.
El cuerpo entero de una res muerta es perturbador,
pero un solomillo es una buena cena.
La pierna de un muerto no tiene cara, ni ojos,
ni manos que antaño sostuvieran a un bebé o
acariciaran la mejilla de su amante, y resulta difícil
relacionarla con la persona de la que proviene.
El anonimato de los cuerpos desmembrados
facilita la disociación que exige la investigación con cadáveres.
Esto no es una persona, es solo un tejido muerto.
No tiene sentimientos ni los despierta, y uno se siente
en total libertad de hacerle cosas que si se le hicieran
a un ser sensible, constituirían una forma de tortura.
Fiambres, la fascinante vida de los cadáveres. Mary Roach.
Imagen: Teatro di morte (1989), Joel Peter Witkin.
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