miércoles, 1 de septiembre de 2010

Hija de la gran perra



Un día de verano.
Mañana o tarde, no sabría decir.
Tengo la imagen en la memoria, 
pese a lo mucho que la odio.
En la linde del rio una chica, 
de espaldas.
Puede que tenga unos 15 o 16 años.
Lanza algo al rio, 
se vuelve a la cámara y se rie.
Podrían ser piedras, lo parecen,
de hecho. Como ese juego de hacer
que reboten en el agua, como si 
fuésemos magos.
Pero no son piedras.
Se agacha a coger otro.
Y vemos una bolita de pelo,
una bolita que gimotea, 
tímidamente.
A los pies de la chica, 
unos perros recién nacidos.
A penas sientes el gemir de animal
lo ves volando hacia las frías aguas 
de rio.
Tan frias como mi corazón en ese
momento.
La chica se gira, rie, y mira a la
cámara.


De verdad que lucho por quitarme
esas imágenes de la cabeza.
Y lucho por no llorar, solo de 
la rabia e impotencia que me dan.
Lucho, por contener a mi imaginación, 
que me lleva hasta donde ella,
a la tranquila vorera de ese río en verano.
La agarro del cuello, con fuerza, 
entre las dos manos, 
sintiendo el palpitar agonizante
de los últimos minutos de su vida.
Y la miro a los ojos.
Y me rio yo también.
Y una vez su garganta ha dejado
de gruñir, la agarro del pelo
y la lanzo con fuerza a esas
frías aguas que la arrastran, 
lejos, muy lejos...
Allá en donde el rio te hace olvidar.

No sentiría pena de verla morir.
No, porque ella tiene la elección.
La elección que no ha dado a esos animales.
Me dan miedo las personas así.
Las crueles con el ser indefenso.
Y me da miedo que ese dolor
sea para ellos motivo de risa.
No concibo gente así en este mundo.

Les deseo lo mismo que han provocado:
dolor, sufrimiento, risas de fondo...
Y el tenue borboteo del agua helada,
anunciando la muerte a su paso.
Ojo por ojo para ellos.