martes, 4 de agosto de 2009

Querido Papá


Recuerdo cuando era pequeña la necesidad de aferrarme a tu mano.
Tú, que no eras muy dado a las muestras de afecto,
estirabas tu dedo para que me agarrara a él.
Así con solo un dedo me unías a ti.
Con solo eso.

No sé quién te ha hecho así...
si un padre que pasaba borracho la mayor parte de las horas del dia
o una madre demasiado ocupada en trabajar para sacar la familia adelante.
Tú tampoco sabías lo que era el cariño o el amor.
Pero no puedo reprocharte eso.

Me bastaría con un abrazo de vez en cuando,
con que me dijeses que te sientes orgulloso de las cosas que hago
o con un te quiero cuando la tristeza te asalte.
Solo con eso me bastaría.

No necesito que me quieras, ya no...
pero podrías demostrarme que hay algo en ti
que me siente como lo que soy... como parte de ti.
Ser padre no es eso que tú piensas.
No es cambiar el amor por la necesidad.

Me das tanta rabia, papá...
Me duele tanto cada mala palabra contra mi...
me duele tanto saber que me quieres y que
nunca serás capaz de decírmelo...
No te preocupes, los palos hacen aprender.
Y aprenderé de los errores que has cometido...
Yo besaré por los besos que tú no has dado
y diré te quiero las veces que no has sabido decirlas,
abrazaré a mis hijos para que sepan que sentirlos cerca
es muy importante para mi... y que mi amor siempre
estará con ellos.

Querido Papá...
Ya no está ese dedo que mi unía a ti,
y poco a poco mi camino se separa de tu lado.
No te echaré de menos, pero siempre estaré para ti.
Siento mucho no haber sido lo que esperabas de mi.
Siento mucho no haberte podido ayudar a ser más feliz.

Aún así, hay algo que no cambiará jamás...
Te quiero y, aunque no lo merezcas, siempre lo haré.